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Me "obligaron" a comprometerme


Me comprometí. ¿A qué? ¿Con qué? O mejor dicho ¿Con quién?
Desde muy pequeña me he comprometido a hacer muchas cosas; a ser más responsable, más educada, más ordenada, más estudiosa, etc., pero todos han sido compromisos que mi entorno me ha “obligado” a hacer; profesores, familiares, o amigos, porque si hubiera sido por mí, jamás me hubiera comprometido a nada. No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, y que no. Sin embargo, gracias a esos pequeños compromisos, soy quien soy ahora, y me siento feliz, porque casi todas las cosas en las que me comprometí, las cumplí, y aprendí a que sean parte de mí.


Esta vez no estoy comprometida con nada, aunque pensándolo bien, sí; a ser mejor persona, mejor ciudadana, mejor en todo lo que pueda dar de mí y me siga haciendo crecer mentalmente, es decir, madurar, pero nada tan importante en realidad.

El 10 de diciembre del 2013, fue el día que por enésima vez, pero más importante que las otras, me obligaron a comprometerme,  pero ya no con algo, sino con alguien. Fue la gota que derramó el vaso. Todo estaba tan tranquilo como siempre. Eran las 9 de la noche y mi enamorado me dijo: “Vamos a la playa!”, y como a mí me encanta ir allá a esas horas porque todo es tan tranquilo, le dije: “Ya pues”.
Nos subimos al auto y enrumbamos camino. Escuchando música a todo volumen, y con la luna siguiéndonos, llegamos a la playa, no literalmente, pero sí cerca a. No entendía qué pasaba, yo ya quería llegar, enterrar mis pies en la arena y mojarme con agua de mar, pero él no, él hizo paradas  en lugares raros, lugares que me recordaban el primer día que lo conocí; yo estaba tan aburrida, por qué no podía entender que yo solo quería ver el mar.
No importó, seguimos por esos lugares un rato, y recordamos meses atrás;  era lindo, pero sin sentido para mí.

Por fin, minutos después, bajamos ahora sí literalmente, a la playa. Lo primero que hice fue correr un poco y sentarme en la arena; ¡pero qué bien se sentía! eso era lo que yo quería hace rato.
Él se sentó a mi costado con una maleta al lado, ¿para qué?, ni idea, y tampoco me importó. Lo único que yo quería, era mirar las estrellas, mirar la luna, mirar el mar y enterrarme en la arena.
Pocos minutos después, me dijo: “Mira esto” y me dio su teléfono para que vea un video, para variar, yo no entendía por qué otra vez empezaba con sus cosas tan cursis y sin sentido, pero en fin, me puse a ver el video. 
Ahí estaba él, caminando y haciendo no sé qué cosas, ni siquiera podía escuchar bien, solo miraba su rostro en el teléfono, y me reía, claro, no era de burla, pero se le veía gracioso, y eso siempre me da risa.
Terminado el video, en el fondo dije: “Bien”, pero a él le dije: “¡Qué lindo!”. Lo sé, fue un cumplido “hipócrita”, pero que me quedaba, en verdad no tenía ganas de nada, no entendía nada, y yo detesto cuando me dejan en suspenso.

Yo pensaba que el video iba a ser mi única interrupción, pero no; se puso al frente mío y me tomó de las manos, “Aquí va de nuevo”, pensé, y comenzó a hablar y hablar. Me decía las cosas que siempre me dice para hacerme “sonreír”, y me miraba fijamente con sus ojos brillantes por la luz de la luna. :” ¡Qué aburrido!” pensaba yo otra vez.
:”Cierra los ojos” me dijo él, y yo como siempre, los cerré, pensando que quizás en algún momento, la sorpresa que me iba a dar, era un beso, un abrazo o una de esas cosas que siempre  hace. Y cuando los abrí, ahí seguía él, pero con una mano en el corazón y la otra sujetando un anillo,” ¿Te quieres casar conmigo?” me preguntó “Déjame poder estar contigo siempre y hacerte la mujer más feliz del mundo”.
Todo tuvo sentido para mí, me di cuenta que en verdad la tranquilidad que yo buscaba en la playa no era la de estar sola y tener los pies llenos de arena, sino que él los tenga llenos de arena y se ponga a buscar como loco sus sandalias porque yo siempre se las entierro por cualquier lado, y así reírnos juntos  y correr hacia el mar de la mano, y cuando llegue una ola, saltar a sus brazos y retroceder rápidamente para no mojarnos.
El recorrer lugares que muchos meses atrás recorrimos como dos personas desconocidas, fue mágico. En realidad en ningún momento estuve aburrida, solo estaba actuando con la misma cara con la que estaba aquel día que nos conocimos, cara de culo porque había tenido uno de los peores días de mi vida, pero para eso estuvo él siempre, para distraerme y sacarme una sonrisa . Me ayudaba a que yo le dé sentido a mi vida y no esperar a que este llegue solo.
Cuando bajamos a la playa, corrí para poder buscar rápidamente un sitio bonito donde sentarnos y que me diga de una vez que llevaba en la maleta, me moría de la curiosidad, pero no quería que piense que soy una preguntona, así que solo hice como si no me importara. Él me había dicho que solo había una toalla dentro, pero la maleta no parecía como si solo tuviera eso. En fin, no pregunté.
En el momento que sacó su teléfono yo me enojé un poco, pensé: “¿Para qué saca su teléfono aquí estando conmigo? ¿Tan aburrido está que se va a poner a jugar solitario como siempre dice que lo hace cuando no tiene nada que hacer?“ Hasta que me dio su teléfono para que vea un video que él había grabado, capturando cada momento de todo lo que él había hecho ese día. No entendía mucho, el audio por momentos se iba, pero para mí fue suficiente ver su sonrisa en la pantalla, me encantaba verlo, sin embargo, aún no entendía lo que tramaba con tantas grabaciones por aquí y por allá. Me reía porque siempre que trata de enfocarse con la cámara, hace caras graciosas y se pone nervioso.
Terminado el video sí pensé: “Bien”, pero fue un: “Bien, ahora sí me podrá explicar de qué se trata todo esto y qué es lo que lleva dentro de la maleta”.
Después, se sentó frente a mí y me tomó de las manos; “Aquí va de nuevo” pensé “Pero como me encanta cuando hace eso”. Y esta vez, dijo más cosas de las que normalmente suele decir, su discurso fue más extenso y endulzante. No solo me hacía sonreír, sino suspirar.  ¿Aburrido? Para nada, era lo más lindo que estaba escuchando hasta entonces, más lindo que una canción de Peter Cetera, más tierno que mi foto de bebé, más puro que cualquier gota de agua de manantial, y más dulce que una torta de chocolate bañada en fudge.
Cerré los ojos como me lo pidió. Yo estaba esperando que me dé un beso, pero cuando me dijo: “ábrelos”,  ahora sí tenía en frente mío lo más bonito que había podido imaginar.  Un compromiso para casarme con ese hombre a quien tanto amo, una puerta que daba a mi felicidad junto a él, un camino que de todas maneras iba a tener algunas trochas, pero para eso íbamos a tenernos el uno al otro, para tomarnos mucho más fuerte de la mano y ayudarnos a levantarnos si nos caemos. No tenía opción, me estaban obligando a comprometerme a ser feliz, como negarme si todos los compromisos pasados (con no mucha importancia) que hice me hicieron ser mejor, como negarme si se trataba de mi felicidad a su lado, como negarme si lo amo tanto y quiero seguir haciéndolo toda mi vida, y como negarme si esto es algo que tanto anhelaba.
Lo repito, no tuve opción. Me obligaron a comprometerme, y créanme, se siente de maravilla.


 

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