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El hombre de lentes oscuros

Se viste casual; no se complica. A donde sale, lleva siempre unos lentes oscuros. Suele fumar, pero cada vez menos. Es un hombre que se esconde del mundo, pero no deja que el mundo se esconda de él. La gente lo observa, no obstante él evade las miradas. Mano izquierda metida dentro del bolsillo del pantalón, y mano derecha sujetando el cigarro. Le da una pitada. Le da dos.


Pasa una mujer bella por su costado, tiene buen cuerpo. Por unos segundos se le pierden los ojos y le mira el trasero. Nadie lo vio; solo su consciencia. No está solo; lo acompañan sus recuerdos; le atormentan los problemas; lo tranquiliza el cigarro. Ahí va otra pitada.
El trabajo lo tiene exhausto, pero vive de eso; también su familia. Una nube tapó el sol; pero aún está claro. La gente se quita los lentes, menos él. Se siente seguro, protegido. Demuestra seriedad, y a la vez tristeza. No llora, pero tampoco ríe. Tira el cigarro al suelo y lo pisa.

No tiene amigos; tiene conocidos. Sus penas las guarda bajo la almohada; es su mayor confidente, pero no su amiga. Ve a otra mujer guapa cruzando la calle; poco a poco la desnuda con la mirada. Ella se da cuenta; le sigue el juego. Camina meneando de lado a lado las caderas; a él le agrada; deja volar su imaginación. La mujer se va; él voltea y saca otro cigarro del bolsillo. Un señor que pudo observar toda la escena, estira el brazo, y le hace una señal de “bien” con la mano.
La nube se marchó; el sol brilla otra vez. Detesta el calor; hace que sude. Pasa junto a un restaurante; se detiene. Lo observa de frente; da una pitada al cigarro, y bota el humo acompañado de un suspiro. Espera unos segundos y sigue su camino. Recordó a su chica.
Parece que va a llover; de pronto el sol se volvió a esconder. Mira al cielo, y le cae una gota de agua en la punta de la nariz. Baja la cabeza y mira su reloj.
Tiene grandes sueños, como todos, pero su temor es aún más grande. Le asustan los años; le teme al tiempo. No quiere envejecer; quiere volver a nacer. Unos muchachos van cargando un gran espejo; pasan frente a él; ve su reflejo. Ya no es el mismo de hace unos años atrás. Está más delgado, ojeroso y con los dientes amarillentos. Le da igual, poco le importa su apariencia.
La lluvia se hizo más intensa; la gente se cubre la cabeza con lo que tenga. A él no le importa; sigue caminando bajo la lluvia, y con los lentes puestos. Ve a sus vecinos en la esquina de la calle; lo saludan agraciados. El responde el saludo con una media sonrisa, no hace más. Le gusta esconderse; le gusta aparentar. Tiene alegrías, pero prefiere no compartirlas con los demás. Vive en su mundo; no sabe lo que hay fuera de él; no le concierne.

Pasaron varios minutos sin darle una pitada al cigarro; ya se va a apagar. Se le hizo tarde; debe volver a casa con el pan. Al día siguiente caminará por las mismas calles y a la misma hora. Con los mismos recuerdos, los mismos sueños, las mismas penas, las mismas alegrías, y los mismos lentes oscuros.

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